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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 



Capítulo 11 

E\ poder de su resurrección 



En una visita que hice a Bangkok, Tailandia, en marzo del año 2003, 
me inscribí en la excursión al palacio real y el Buda de esmeralda. 
La capilla real, parte del complejo de edificios reales, es un impresio- 
nante edificio dorado, y allí se encuentra el Buda de esmeralda que 
pesa cinco toneladas y media. 

Entre los millares y millares de visitantes que abarrotan el lugar cada día, están 
algunos que vienen a adorar al templo. Durante mi visita al lugar observé que 
devoto tras devoto le rendía adoración a Buda. Observé a un hombre que se 
postró ñ'ente a la imagen con particular fervor. ¡Cómo me habría gustado 
hablarle! ¡Cómo me habría gustado decirle: "Señor, ¡no hay nadie en casa! Esta 
imagen no puede escucharle, usted sabe bien que Buda está simplemente muer- 
to. ¿A quién, entonces, le está suplicando usted. Señor? ¿Y qué espera usted que 
ocurra?" 

Toda aquella devoción parecía tristemente inútil: ¡Genuflexiones fi-ente a una 
inanimada representación de un personaje religioso muerto! Y sin embargo, esa 
es la historia de todas las rehgiones no cristianas del mundo. Únicamente el 
cristianismo ancla su fe en un Salvador viviente. 

El corazón del mensaje cristiano 

El concepto de un Salvador y Señor viviente coloca a la resurrección en el mismo 
corazón del mensaje cristiano, haciéndola el objeto de los más violentos ataques 
de parte de los enemigos y detractores del cristianismo. Ya en sus días Pablo 
sintió la necesidad de contender con aquellos que querían abandonar esta creen- 
cia central de la fe cristiana. Y en 1 de Corintios 15, su más largo alegato sobre 
el tema en todos sus escritos, presenta todos los argumentos en defensa de la 
doctrina de la resurrección. "Porque primeramente os he enseñado lo que asi- 
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mismo recibí", dijo, "que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Es- 
crituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escritu- 
ras" (versículos 3, 4). "Y si Cristo no resucitó", arguye Pablo, "vana es entonces 
nuestra predicación", "vana es también vuestra fe", "aún estáis en vuestros pe- 
cados", y "también los que durmieron en Cristo, perecieron" (versículos 14, 17, 
18). Así de serio es el asunto. 

Pero a pesar de todos los argumentos de Pablo, muchos teólogos modernos han 
decidido seguir el camino de los críticos antiguos del cristianismo y práctica- 
mente niegan la realidad de la resurrección física. "La disposición de ciertos 
teólogos influyentes de nuestros tiempos a comprometerse con la historiografía 
posterior al Siglo de las Luces", dice Alan Richardson, "es una señal de la desin- 
tegración del protestantismo". 

La idea de "desintegración del protestantismo" es, claramente, una declaración 
excesiva; pero uno tendría que preguntarse si no hay una relación entre la ne- 
gación de la resurrección (y otras doctrinas básicas de la fe cristiana) y el fenó- 
meno de las iglesias vacías que vemos en la actuahdad en ciertos países históri- 
camente cristianos. 

En un artículo escrito en Canterbury, Inglaterra, en el año 2001, T. R. Reid, co- 
rresponsal del Washington Post, recordando al gran poeta inglés Geoffrey Chau- 
cer, les recordó a sus lectores la epopeya de los peregrinos que se dirigían "en 
multitudes" hacia la "majestuosa catedral de su ciudad, procedentes de todas 
partes de Europa...". ' 

"Pero", dice Reid sombríamente, "la fe que impulsó a aquellos peregrinos está 
severamente disminuida hoy. El domingo pasado, a la hora de la oración ma- 
tutina, la gran bóveda de la Catedral de Canterbury miraba hacia abajo a un 
gran total de trece adoradores. Al mediodía, durante el servicio de la Comunión, 
mejoró con aproximadamente trescientas personas, incluyendo los niños del co- 
ro, con sus togas blancas y un grupo de turistas con cámaras de video. Pero to- 
davía quedaban el 80% de los asientos vacíos. ' 

Esta historia es similar en toda Europa Occidental, dice Reid. "En Amsterdam 
[por ejemplo], la jerarquía de la Iglesia Holandesa Reformada está convirtiendo 
a las iglesias en lujosos apartamentos para pagar sus gastos". "Considerando 

' ADidionaryof Christian Theology, Alan Richardson, ed. (Filadelfia: Westminster Press, 1976), art. "Resun-ection 

ofChrist". 

2 "Hollow Halls in Europe's Churches", Washington Post, 6 de mayo de 2001 , p. Al. 



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que el poder de las convicciones religiosas encendió sangrientas guerras, ins- 
piró inmortales obras de arte e impulsó a miles de personas a invertir décadas 
de duro trabajo para erigir majestuosas catedrales, como la de Canterbury", 
concluye Reid reflexivamente, "es sorprendente cuan poco de ese fervor existe 
hoy en la Europa moderna". 

Y la pregunta es: Si los cristianos toman en serio el hecho de la resurrección de 
Jesús, ¿cómo pueden mantenerse callados? ¿Cómo podemos permanecer fríos 
ante ese estremecedor fenómeno? Que un hombre llamado Jesús existió en el 
primer siglo está más allá de todo cuestionamiento histórico. Que ese hombre 
fue muerto, que resucitó de los muertos, y que está vivo hoy es tan absoluta- 
mente anonadador para la mente humana en sus implicaciones, que nadie que 
en realidad lo acepte puede permanecer inconmovible. 

Creíble y no manipulada 

La historia evangélica de la resurrección respira credibilidad, incluso en los deta- 
lles que no concuerdan perfectamente entre sí. Lo que quiero destacar es la 
forma como es narrada la historia: ausencia total de pretensiones, nada de ofus- 
cación, nada de cosas sin sentido, o lo que los eruditos llamarían "argumentos 
especiales" (detalles gratuitos incluidos para darle credibilidad al relato). Uno 
obtiene la impresión de que los escritores de los Evangelios simplemente re- 
lataron las cosas como las vieron, incluso con el embarazo potencial de aque- 
llos que habían sido los líderes máximos de la iglesia en ese tiempo. 

Considere los siguientes seis puntos como ejemplos: 

1. Los acontecimientos que condujeron a la crucifixión. Todo lo que ocurrió an- 
tes de la crucifixión parece seguir un orden natural, como cabría esperar: 
la traición de Judas; el arresto en la noche (una hora cuando las imprede- 
cibles multitudes estarían prácticamente ausentes); la celeridad del juicio, 
con todas sus ramificaciones políticas y religiosas en acción (Herodes y Pi- 
lato se hicieron amigos, ¿quién toma en cuenta un detalle como ese 
cuando narra la historia?); el abuso de los soldados romanos (lo escucha- 
mos de escritores que tenían las mismas oportunidades, que no tenían 
compromisos con las autoridades judías, parecen describir los eventos 
exactamente como ocurrieron); el camino hacia el Calvario y 1 
física de Jesús bajo la carga de la cruz. 



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Nos queda la impresión de que nada en el registro es "fijo" o calculado. 
Ninguno de los doce discípulos de Jesús aparece oliendo como rosa fresca 
después de los registros. No, todos abandonaron a Jesús en su hora más 
vulnerable. Incluso Pedro, el campeón del día de Pentecostés y prominente 
líder de la iglesia primitiva, aparece en el texto con todas sus imperfeccio- 
nes y defectos expuestos para que todo el mundo los viera. No hay ningu- 
na manipulación de la historia. Es algo candido, genuino. En un mundo 
dominado por los hombres, ¿qué tipo de narrador urdiría una historia en la 
cual los líderes machos del grupo se andan escondiendo, con la cola entre 
las patas, mientras las mujeres toman sus lugares al lado de su héroe mo- 
ribundo sobre una cruz romana? No, este es un relato auténtico. 

La mención del incidente del velo del templo. En el momento en que Jesús 
exhalaba su último aliento, dice Mateo, "el velo del templo se rasgó en 
dos, de arriba abajo" (Mateo 27:51). En el mismo versículo menciona 
Mateo el incidente de un terremoto, algo que algunos podrían decir que 
sintieron, mientras que otros podrían declarar que no lo habían sentido. 
Pero el relato del velo del templo que se rompió es una evidencia cons- 
tante que podía verificar cualquiera que tuviera interés en comprobar lo. 
Usted no pone por escrito un detalle como ese si no es ver dad. El falso 
obrador de milagros por fe puede pretender sanar una vesícula biliar o un 
tumor intestinal, que no podemos ver; pero nunca sana un brazo o una 
pierna fracturados o el ojo completamente dañado de un ciego. El inci- 
dente del velo del templo fue algo concreto, podría haber sido verificado 
por centenares, si no millares, de testigos en aquella hora del día, y podría 
haber sido refutado con sólidas pruebas si no hubiera ocurrido. 

Si, como lo han sugerido muchos comentaristas bíblicos, el libro de Mateo 
fue escrito antes del año 70 d. C, es decir, antes de la caída de Jerusalén, 
entonces, el templo estuvo disponible como prueba A, para probar o refu- 
tar el aserto de Mateo. 

La solicitud presentada durante el sábado por las autoridades judías. Po- 
niendo a un lado sus escrúpulos con respecto al sábado, los principales sa- 
cerdotes y los fariseos le pidieron a Pilato que pusiera una guardia en el 
sepulcro donde había sido colocado Jesús. Recordaban, según le dijeron al 
gobernador, que Jesús había dicho que resucitaría al tercer día. "Manda, 
pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus 
discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los 
muertos. Y será el postrer error, peor que el primero" (Mateo 27: 62-64). 

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Era, sin lugar a dudas, una maniobra muy hábil para cualquiera que dudara 
que Jesús podía hacer lo que había dicho que haría. Porque si este popular 
movimiento galileo era una farsa, entonces sería muy prudente tomar medi- 
das para que el cuerpo muerto de su líder estuviera bien vigilado, evitando 
el falso informe de una falsa resurrección. Un aserto ficticio de que había re- 
sucitado sería la fuente de una peligrosa confusión e inestabilidad en Jeru- 
salén, y en toda la región. 

Pero, como quien observa un juego, y que sabe algo que los jugadores ig- 
noran, sentimos un divertido alborozo al conocer la sugerencia de estos 
líderes. Si hubieran tenido un mejor control de lo que ocurría en la ciudad, 
o, al menos una mejor idea del estado en que se encontraban los seguido- 
res de aquel fastidioso nazareno, habrían notado la total ausencia de aque- 
llos hombres en el juicio de Jesús. Y, si hubieran tenido la curiosidad, habr- 
ían preguntado por qué, a pesar de la valentía mostrada por Pedro al sacar la 
espada en el Getsemaní, todo el grupo de hombres había puesto pies en 
polvorosa por temor. Armados con tal información, ¿creían y esperaban de 
verdad que este aterrorizado grupito tuviera la audacia de asaltar la tumba 
de Jesús y usar su cuerpo robado como pretexto para lanzar un ataque 
contra todo el poderío judío bien atrincherado? 

Por muy improbable que fuera la idea, es evidente que los líderes religiosos 
judíos temían mucho esa posibilidad. Y no se les ocurrió pensar que la petición 
de una guardia para cuidar el sepulcro contribuiría inadvertidamente a la cre- 
dibilidad de la resurrección, si ocurriera, después de todo. Porque el hecho 
de poner una guardia oficial en el lugar, proporcionaría testigos entrena- 
dos, imparciales, presenciales, del evento más glorioso de la historia hu- 
mana. Sin pensar en el potencial que tenía lo que pedían, y con la anuencia 
del gobernador: "Fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y po- 
niendo la guardia" (Mateo 27:66). 

4. La forma libre de preciosismos literarios como narran la historia. Uno 
puede imaginar que un impostor que manipulara esta historia se habría lu- 
cido contando la historia de la resurrección: la forma exacta en que ocu- 
rrió. Esos detalles faltan en los cuatro Evangelios. Lo que describen son 
incidentes que rodean a la resurrección, no el evento mismo. La aparición 
de un ángel en el lugar precipitó un violento terremoto, dice el relato de Ma- 
teo. El ángel, brillante como llamas de fuego, hizo rodar la piedra que se- 
llaba la tumba y puso a dormir a los guardias que temblaban de terror. 
"Temblaron y se quedaron como muertos" (Mateo 28:2-4). 

5. El comportamiento de las mujeres. El informe es ampliamente creíble, 

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tanto en su descripción de la reacción de las mujeres, como en sus aparentes 
discrepancias y detalles. 

Con respecto a la reacción de las mujeres, es exactamente lo que cabría es- 
perar en esos momentos de alta tensión emocional. Se les dijo que Jesús 
había resucitado, como él había dicho, y se les mostró el lugar donde había 
sido puesto su cuerpo. Mateo informa que mientras ellas se alejaban co- 
rriendo, iban "con temor y gran gozo" (28: 8), exactamente las emociones 
que uno esperaría que se manifestaran bajo aquellas circunstancias. ¡Ellas 
esperaban ungir un cuerpo muerto, pero ahora le hacen frente a un hecho 
que sobrepasa con mucho a sus sueños más descabellados! No es extraño 
que se "fueron corriendo" del lugar "a dar las nuevas a sus discípulos" (Ma- 
teo 28:8). ¿Quién sería capaz de mantener el control ante noticias tan 
asombrosas? Pero si sus cabezas ya estaban mareadas bajo la enormidad de 
las increíbles noticias, lo más asombroso todavía estaba por venir. Jesús se 
encuentra con ellas, y las saluda. Totalmente dominadas por el asombro, ca- 
en sobre sus rodillas ante él, abrazando sus pies y adorándolo (Mateo 
28:9). 

El relato de la experiencia de las mujeres en los cuatro Evangelios no enca- 
ja perfectamente en todos los detalles; hay variaciones y aparentes discre- 
pancias. ¿Estaba el ángel sentado fuera sobre la piedra cuando llegaron 
(Mateo)? ¿O estaba el mensajero celestial dentro de la tumba y sentado so- 
bre al lado derecho (Marcos)? ¿Había un solo ángel (Mateo y Marcos)? ¿O 
eran dos (Lucas y Juan)? ¿Hicieron Pedro y Juan una visita a la tumba muy 
temprano después de escuchar el informe de Mana Magdalena (Juan)? ¿O 
escucharon primero la historia de las dos mujeres, y les parecieron como 
"locura las palabras de ellas" (Lucas 24:9-1 1)? Y todavía hay más. 

Todos los que han escuchado alguna vez el testimonio de testigos presen- 
ciales confiables apreciarían lo que estaba ocurriendo allá. Pero a través de 
todos los detalles, una cosa es roca sólida; no hay variación alguna, absolu- 
tamente ninguna discrepancia. ¡Él no está aquí! ¡La tumba está vacía! Es 
la historia esencial que quieren contar. 
6. El soborno de los guardias. Algunos de los guardias, sin ningún prejuicio, re- 
cuperados, pero probablemente todavía temblorosos por el trauma que habían 
sufrido temprano por la mañana, corrieron a la ciudad, "y dieron aviso a los 
principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido" (Mateo 28:11). 
Si apreciaban en alguna medida la importancia de la información que tenían, 
todo interés se evaporó ante la inmensidad de lo que habían visto en aquellas 
horas que precedieron al amanecer. Rápidamente, sintiendo que aquellos hom- 
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bres estaban en posesión de una historia que, si se diseminaba, podría sacudir 
su poder, cuidadosamente protegido, hasta en sus mismos fundamentos; los 
principales sacerdotes y los ancianos ordenaron a los guardias que compro- 
metieran su integridad a cambio de "mucho dinero"; y les ordenaron decir, 
"sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormi- 
dos" (Mateo 28:13). "Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había 
instruido" (versículo 15). 

Una vez más, estas son alegaciones muy concretas, no pueden hacerse, a 
menos que haya algo concreto tras ellas. Pero alegaciones que, después de 
todo, eran muy fáciles de refutar, si no hubieran sido verdaderas. Sin em- 
bargo, la fuerte suma de dinero no mantuvo en secreto la historia. Porque 
Mateo informa que "este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día 
de hoy", es decir, para el tiempo en que estaba escribiendo, tres décadas 
después. 

Esos seis puntos subrayan para mí la credibihdad de la historia de la resurrección. 

Para mí, y pienso que para muchos millones de otros cristianos, una de las de- 
claraciones más gloriosas de toda la historia de la resurrección, salió de la boca 
del ángel en la tumba, tan gloriosa como el anuncio angélico en el nacimiento 
de Jesús. Dirigiéndose a las mujeres que habían venido a ungir el cuerpo de 
Jesús, el ángel pronunció estas palabras inmortales: "No está aquí" (Mateo 
28:6). Esas eran, precisamente, las mismas palabras que los líderes rehgiosos 
temían tanto, de allí el sellamiento de la tumba y la guardia militar para cuidar- 
la. Pero la ausencia del cuerpo de Jesús no fue el resultado del trabajo de un co- 
mando armado perpetrado por sus seguidores en las sombras de la noche. Des- 
de el punto de vista de los líderes judíos, fue infinitamente peor. Dijo el ángel: 
"No está aquí, pues ha resucitado" (Mateo 28:6). 

¡Absolutamente asombroso! 

Nuestra esperanza suprema 

De todas las declaraciones de seguridad que Jesús nos dio, ninguna es mayor que la 
que se encuentra en Juan 10:27. 28: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y 
me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará 
de mi mano". 

En el griego, el verbo "doy" está en presente. Cuando venimos a Jesús por fe, él nos 
da vida eterna, para que digamos, ya no "vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que 
ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se en- 
tregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:20). En otras palabras, la vida eterna es un don 
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que el cristiano recibe aquí y ahora: en el momento en que acepta verdaderamente 
a Jesucristo como su Salvador. 

Esta "vida eterna" es cualitativa, no cuantitativa. ¡Pero es, de todos modos, vida 
eterna! A menos que el segundo advenimiento se produzca primero, todos mo- 
riremos. Pero si morimos en Cristo, dicha muerte no será más que una breve in- 
terrupción de la vida que ahora tenemos en Cristo Jesús. Despertaremos al glo- 
rioso llamado del Dador de la vida para continuar la vida eterna comenzada 
aquí, la vida eterna que no tiene fin, vida eterna cuantitativamente. 

Qué glorioso día será aquel, cuando "esto corruptible sea vestido de incorrupción, y 
esto mortal se haya vestido de inmortahdad, entonces se cumpHrá la palabra que 
está escrita: Sorbida es la muerte en victoria" (1 Corintios 15:54). Entonces aquella 
madre, obHgada a dejar a su precioso bebé bajo el frío túmulo; el sohtario esposo, 
cuya compañera de muchos años fiíe arrebatada por la cruel garra de la muerte; ni- 
ños dejados solos, tristes y temerosos; todos cantarán entonces, todos reirán enton- 
ces, todos juntos gritarán con voz retumbante la mofa universal: "¿Dónde está, oh 
muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1 Corintios 15:55). 

Jesús da a sus ovejas vida eterna, y dice: "No perecerán jamás" (versículo 28). 

El temor universal en el corazón humano no es tanto el temor a la muerte, sino el 
temor de perecer, de no existir. Es un temor que el más secular entre nosotros no 
puede evitar. En lo más profiíndo del corazón humano está arraigado el deseo de 
una existencia continuada: si no aquí, en algún otro lugar. De ahí que el fenóme- 
no de la muerte se halle rodeado de tanta desinformación y superstición. El espiri- 
tismo prospera en este deseo profundamente arraigado en el corazón de todos no- 
sotros para trascender la realidad de la muerte. 

Recuerdo un anuncio en Rochester, Nueva York, considerada por muchos como la 
ciudad cuna del espiritismo moderno. De pie, en el lugar donde estaba la casa de las 
hermanas Fox, dice: "No hay muerte. No existen los muertos". Un intento delibera- 
do, si es que no, desesperado, de negar la cruel realidad de la muerte. Cuando 
hablamos acerca de la muerte, estamos en el terreno más importante de la experien- 
cia humana. El asunto no podría ser más decisivo, y más nos vale asegurarnos de 
comprenderlo perfectamente. 

Hace algunos años tuve el privilegio de visitar Atenas; y mientras vagaba por la 
boscosa zona de la AcrópoHs, llegué a la prisión de Sócrates. Sócrates, después de 
ser condenado por la falsa acusación de "corromper a la juventud de Atenas", fue 
encerrado en aquella formidable fortaleza subterránea hasta el día en que bebiera la 
cicuta por sentencia de los jueces. 

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Platón, que, según él mismo dice, estaba fuera de Atenas en ese tiempo, nos cuenta 
como Gritón y los otros discípulos de Sócrates presentes en la capital se reunieron 
tristemente alrededor de su maestro en aquel día final, solo para encontrar al gran 
filósofo muy alegre y feliz. Estaba alegre, feliz y lleno de gozo porque para él, la 
muerte era, meramente, un pasaje de este miserable mundo al de la verdadera rea- 
lidad, donde se uniría con los grandes pensadores que se habían ido antes, y podría 
conversar con los dioses. 

Pero en completo contraste con Sócrates, Jesús le hizo frente a la muerte como 
una terrible realidad, como un mortal enemigo: "Con ruegos y súplicas con gran 
clamor y lágrimas" (Hebreos 5:7). Le hizo frente al terrible villano que es la 
muerte en toda su terrible realidad, para que usted y yo pudiéramos tener la con- 
fianza de hacerle frente sin temor. 

Leí en alguna parte que justo antes que exhalara su último ahento, Sócrates sintió 
un cambio en su estado de ánimo y dijo a sus discípulos: "Ahora ha llegado el fin, 
y pienso que ya veo las islas doradas; pero, ¡oh, si tuviera una barca más sóhda!, 
¡oh, si tuviera una palabra más fuerte!" ¡Lo que el gran filósofo deseaba para el día 
de su muerte lo tenemos en Jesús! En Jesús tenemos esa "barca más sóhda". En él 
tenemos la "palabra más fuerte". Y él nos dice cuando entramos a los tenebrosos 
portales de la tumba: Yo soy "el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo 
por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades" 
(Apocalipsis 1:18). 



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